Colombia: Territorio genitor de naturaleza y vida.

  • Izquierda. PNN Serranía de Chiribiquete, Patrimonio Natural y Cultural de la Humanidad (UNESCO 2018). Copyright © "Bruma en los tepuyes" de Fernando Trujillo, Fundación Omacha.
    Centro. PNN Los Nevados. Copyright © Aventure Colombia.
    Derecha. PNN Tayrona. Copyright © "Atardecer en El Cabo" de Aventure Colombia.
  • Departamento de Ciencias Biológicas
    Curso Tipo E: BIODIVERSIDAD, CONSERVACIÓN Y DESARROLLO.
    Ejercicio Académico No.2. Parte II: CONSERVACIÓN Y ÁREAS PROTEGIDAS.
    Estudiante: Andrea Serpa Marroquín.
    Código: 201125263
    Fecha: 11 de octubre de 2015



    Colombia: País Megadiverso. Tierra genitora de naturaleza y vida.
    Un llamado a la protección de las áreas protegidas.


    La acelerada e inclemente pérdida de recursos naturales se ha convertido en un tema de preocupación y alarma a nivel global, pues de unos años para acá se ha venido haciendo cada vez más evidente un deterioro en las diferentes extensiones del medio ambiente, afectando desde pequeños organismos animales y vegetales, hasta grandes cuerpos acuíferos y terrestres que contienen complejas y variadas relaciones y redes de ecosistemas. Esto ha cambiado significativamente el balance de nuestro planeta, pues además de que la oferta y la demanda de recursos se encuentran en axiomática desproporción, el uso irresponsable de recursos está a su vez afectando variables como la temperatura de la tierra, sus ciclos, las interrelaciones entre sus biomas, y en general su equilibrio. Lo que está amenazando y poniendo en inminente riesgo de extinción a una gran cantidad de especies tanto animales como vegetales, incluída la nuestra. Observando un caso particular, como es el de la disminución de agua potable en la tierra, se hace evidente que esta gran amenaza involucra también a nuestra propia especie, que por ningún motivo es más importante que ninguna otra, pero que muestra la paradójica relación que tenemos los seres humanos con la tierra y obliga al urgente replanteamiento de dicha correspondencia, en aras de caminar nuevamente hacia un planeta equilibrado y en adecuadas proporciones.

                Lo mencionado anteriormente fue una de las grandes conclusiones a las que se llegó en el Club de Roma en 1968, donde por primera vez se demuestra cómo el cambio de paradigmas en el mundo, el nuevo modelo de ciudad, y el entonces modelo económico -global e industrial-, eran insostenibles social, económica, y sobretodo ambientalmente. Es por esto que este organismo le encarga al MIT (Massachussets Institute of Technology) el informe Los límites del crecimiento, “que de manera muy incipiente genera las alarmas sobre los peligros de la insostenibilidad planteada por el modelo económico imperante de uso y abuso en el consumo de los recursos naturales” (Germán Corzo, pg.223). Este fue el detonante que dio origen a una nueva corriente de pensamiento que inducía métodos alternativos para relacionarse con la naturaleza, y que de la mano de otras corporaciones e iniciativas, como la Cumbre de la Tierra en Río de Janeiro en 1992, y la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo, de las Naciones Unidas, plantean la necesidad de establecer mecanismos planetarios para frenar los procesos de deterioro de la biodiversidad. En este contexto surgen el Convenio de Diversidad Biológica (CDB) y los mecanismos vinculantes internacionales, de donde se establecen una serie de definiciones globales y otros instrumentos, donde el más significativo ha sido el de identificar, delimitar, y construir planes de trabajo sobre terrenos específicos que reciben el nombre de áreas protegidas. Esto en aras de frenar el deterioro y mengua de la biodiversidad y los recursos naturales del planeta, pues aunque mucho del daño que se ha hecho hasta ahora es irreversible, todavía se puede recuperar, restaurar y salvar lo que existe actualmente.

    En el caso de Colombia, actualmente hay 56 áreas protegidas y una extensión superior a los doce millones de hectáreas. En Colombia las áreas del Sistema de Parques Nacionales Naturales son definidas como “aquellas con valores excepcionales para el patrimonio nacional que, en beneficio de los habitantes de la nación y debido a sus características naturales, culturales o históricas, se reservan y declaran en alguna de las categorías establecidas” (Germán Corzo, pg.235). Siendo que si la pérdida de recursos ha sido un tema de gran preocupación a nivel global, es especialmente preocupante en Colombia, que históricamente ha sido un país privilegiado por sus riquezas naturales y la variedad de especies tanto animales como vegetales en su extensa diversidad de ecosistemas. Condición que está determinada principalmente por sus condiciones geográficas, pues sus dos océanos, numerosos nacimientos de agua de distintos géneros, tres cordilleras que generan una amplia matiz de altitudes, y su ubicación en el neotrópico y cruce de caminos entre Norte y Sur América, han dotado este territorio de una inmensa riqueza en términos de biodiversidad. Como bien lo explican Juan Armando Sánchez y Santiago Madriñán[1] (Biodiversidad, conservación y desarrollo, 2013), Colombia es un país “[…] con una posición biográfica especial, donde los endemismos biológicos, la diversidad de recursos genéticos y la multiplicidad de ecosistemas le dan el calificativo de ser uno de los países megadiversos del planeta” (Pg.13). Calificativo que lo posiciona como uno de los países más valiosos e imprescindibles del planeta, y que ha llevado a que se creen organismos y corporaciones en defensa de dichos atributos naturales.

                Sin embargo, a pesar de tener una notoria cantidad de argumentos a su favor, el sistema de áreas protegidas dentro de Colombia tiene tanto miradas muy optimistas, como otras más críticas y pesimistas, pero que evaluadas y analizadas paralelamente dan una noción mucho más clara e imparcial de lo que son áreas de protección ambiental y de lo que es necesario revisar para poder tener un sistema más eficiente. Para estos efectos, a continuación se van a revisar los puntos de vista y comentarios de Germán Corzo y Camilo Mora con respecto a este tema; puntos de vista que más que ser opuestos, son complementarios.

                Germán Corzo, en el Capítulo VIII del compilado Biodiversidad, Conservación y Desarrollo, titulado Las áreas protegidas como estrategia de conservación de la biodiversidad, nos presenta de una manera detallada el funcionamiento y manejo de las áreas protegidas, haciendo un recorrido histórico y global, donde muestra cuáles fueron las causas que llevaron a que se crearan las áreas protegidas, menciona explícitamente los criterios que las soportan, y apoya estos argumentos con gráficos y diagramas visuales que contraponiendo al tiempo con indicadores de representatividad y de efectividad, dan cuenta de cómo efectivamente el surgimiento de áreas protegidas frena una acelerada pérdida de biodiversidad y ayuda a controlar y estabilizar una tendencia de crecimiento directamente proporcional entre dichas variables. En palabras del autor, el éxito de las áreas protegidas, sobretodo en Colombia, radica en que de manera dependiente al objetivo de conservar la biodiversidad y sus respectivos atributos (composición, estructura y función) en todos sus ámbitos –ecosistemas-paisajes, comunidades, especies y genes- (Noss, 1990), para el caso de Colombia también se preponderarán dos objetivos adicionales. Por una parte, “asegurar el flujo de servicios ecosistémicos fundamentales para el desarrollo social y económico de la nación, y por otra, conservar los elementos naturales asociados a la reproducción cultural de las sociedades tradicionales (UAESPNN, 2001), que en un país constitucionalmente definido como multicultural y pluriétnico (República de Colombia, 1991) resultan determinantes para la persistencia de las lenguas, los usos y las costumbres de las minorías étnicas del país” (Germán Corzo, pg.229).

    Es así como la restauración ecológica debe ser incorporada como una dimensión adicional de la conservación; en este contexto, tal como lo dice el autor, las áreas protegidas son solo una de las herramientas disponibles, de hecho la más poderosa para la conservación in situ, pero que debe ser complementada con otras herramientas, algunas inclusive dentro del espectro de herramientas de conservación ex situ, que pueden llegar a ser más eficaces cuando la sobrevivencia de las especies está demasiado comprometida, ya sea por condiciones intrínsecas o extrínsecas. Las áreas protegidas, entonces, sí son una herramienta eficaz no sólo para la conservación de la biodiversidad, sino que además tienen un factor social muy importante sobretodo en países como Colombia que además de gozar de una riqueza ambiental, goza de múltiples etnias y sociedades que se desarrollan alrededor de un territorio, y que conservarlas a ellas implica, por extensión, conservar y cuidar la tierra. Sin embargo, el principal motivo por el que es necesario tener estas áreas protegidas es porque actualmente se está desarrollando el sexto periodo de extinción masiva del planeta, pero a diferencia de las otras, es la única causada por causas bióticas, donde la mano del hombre ha tenido una muy significativo influjo. Y de la misma manera en la que el hombre ha intervenido para causar daños tan representativos, debe actuar a la inversa y esforzarse por conservar los territorios que aún aportan a la biodiversidad del planeta, pues cada especie tiene una razón de ser en el mundo, que en conjunto estabilizan y garantizan el correcto funcionamiento del planeta. Es por esto que hay que velar no por algunas sino por todas las especies, pues el hecho de que muchas especies estén en peligro de extinción no es más que un presagio de un planeta cuya vida en general está en peligro de extinguirse, pues este no es más que la suma de sus partes.
               
    Por otro lado, Camilo Mora en el Capítulo IX de este mismo libro, que tiene como título ¿Pueden las áreas protegidas del mundo revertir la pérdida de la biodiversidad?, asume una visión crítica y menos optimista del éxito en estas áreas, pues según lo explica, es una falacia que estas resuelvan la pérdida de la biodiversidad. Sus argumentos se alinean detrás de una gran idea que detrás de las iniciativas de las áreas protegidas hay unos conflictos tanto económicos como sociales, que impiden que estas cumplan con su función original. Por ejemplo, alrededor de estas áreas, según lo explica el autor, “hay un conflicto emergente entre el área necesaria para proteger la biodiversidad y el área requerida para satisfacer las necesidades humanas” (Camilo Mora, pg. 245). “A esto se suman los altos costos económicos que implica garantizar el manejo efectivo de tales áreas y la cantidad de conflictos sociales asociados a la expropiación de tierras y la exclusión en el uso de recursos naturales para una protección completa de la biodiversidad”. Es por esto que, aunque el autor apoye y crea que deben ser estimulados los esfuerzos para crear nuevas áreas protegidas, deja en claro que la solución definitiva al problema de la pérdida de la biodiversidad requiere principalmente soluciones sociales que estén conducidas a reducir el crecimiento de la población humana y nuestra demanda de recursos naturales.

                Como se dijo anteriormente, para tener una idea más clara de la situación actual de las áreas protegidas es necesario hacer un análisis comparativo, sobretodo para poder conciliar puntos de vista aparentemente opuestos y encontrar la manera de complementarlos entre ellos, como ocurre con Germán Corzo y Camilo Mora. Es evidente que las áreas protegidas juegan un papel importante en la conservación de la biodiversidad, pues restringe el uso y el abuso del hombre sobre los recursos naturales en determinadas áreas. Es casi una obligación por parte de nosotros la de respetar espacios que sean meramente naturales, donde haya vida, donde la tierra pueda respirar, donde las especies se relacionen sin las trabas y las limitantes que los humanos erróneamente le imponemos a la naturaleza. El mundo no es nuestro. Somos una especie entre millones de especies. Una sola especie que esta depredando el territorio de todas las demás, que está acabando con el agua de todas las demás, ni siquiera para su bienestar físico y su supervivencia, sino por ejemplo en buscar oro, entre otras cosas. Hemos sido muy irresponsables, y es justo que reduzcamos nuestros espacios y cedamos espacios a la naturaleza, donde nos toque a nosotros sacrificar un poco en ofrenda a una naturaleza que nos ha dado todo. Las áreas protegidas, más allá de ser un recurso clave para la conservación de la naturaleza, son un regalo a la naturaleza misma, al patrimonio natural de la tierra, espacios donde la fauna y la flora pueden existir por y para sí mismas, y no para nosotros, para “beneficio” de los hombres. Hay que aprovechar estos espacios además para conservar el patrimonio cultural, sobretodo para conservar y homenajear culturas que han tenido un respeto y una entrega absoluta a la naturaleza. Para recordar las culturas campesinas, indígenas, etcétera, de las que podemos aprender dinámicas, conductas, y modelos sociales que van a ser determinantes en esta nueva era, donde los paradigmas están cambiando y la relación entre el hombre y la naturaleza se está replanteando. Pues como bien lo dice Mora, no sirve de nada tener áreas protegidas si la gente no está instruida, si la gente no tiene una educación previa. Es necesario que por medio de la docencia, que es el músculo que más influye en la formación de las personas, se logre generar una sensibilización en la gente. Por medio de una formación que exija desde no perturbar la naturaleza y respetar las áreas protegidas, hasta ser más consciente de sus acciones y no abusar de los recursos naturales. Mora puede llegar a sonar algunas veces utópico con sus palabras, pero claramente es necesario apuntar lejos para poder resolver este problema que nos aqueja a nosotros pero sobretodo al mundo. Claro que es importante dejar de crecer como especie y dejar de pedirle tanto a la naturaleza sin ofrecer nada a cambio. Es aquí donde la educación juega un papel determinante. Y con respecto a los indicadores y cuadros económicos, educar a la gente para que las áreas protegidas sean sin ánimo de lucro, alejadas de cualquier intención de negocio o de ganancia. Pues nosotros ya hemos ganado demasiado a costa de la pérdida de todas las demás especies, y ya es momento de que se comience a revertir esta tendencia.


    Bibliografía:
    Carlos Gabriel García Vázquez. (2004). Ciudad hojaldre: visiones urbanas del siglo XXI. Barcelona, España: Editorial Gustavo Gili.

    Ian McHarg. (2000). Proyectar con la naturaleza. Barcelona, España: Editorial Gustavo Gili.

    Juan Armando Sánchez y Santiago Madriñán (compiladores). (2013). Biodiversidad, conservación y desarrollo. Bogotá D.C., Colombia: Ediciones Uniandes. Colección Ciclo Básico.

    [1] Juan Armando Sánchez y Santiago Madriñán (compiladores). (2013). Biodiversidad, conservación y desarrollo. Bogotá D.C., Colombia: Ediciones Uniandes. Colección Ciclo Básico.